jueves, 29 de enero de 2015

Humo y tabaco



“Fumador empedernido, hombre carcomido.”
(Proverbio español)

En 1642 unos imprudentes fumadores provocaron un voraz incendio en la ciudad de Görlitz, ubicada en el extremo oriental de Alemania.
 
El marinero Rodrigo de Jerez llegó a América con Cristóbal Colón y observó como los nativos aspiraban el humo de unas hojas secas encendidas. A su regreso a España adoptó ese hábito. Lo encarcelaron porque creían que hacía brujerías al ver que echaba humo por la nariz y la boca. En el año 1500, los jueces comprendieron que fumar no era una práctica diabólica y lo liberaron.

Cinco décadas después, Felipe II mandó a sembrar semillas de tabaco en las afueras de Toledo. Esas tierras eran llamadas cigarrales por estar plagadas de cigarras. De ahí en más a los rollos de tabaco listos para fumar se los denominó cigarros y a los más diminutos cigarrillos.

A comienzos de 1560 Juan Nicot, siendo embajador de Francia en Portugal, introdujo en su país el tabaco con fines medicinales. Dos siglos después, en su honor se llamó “nicotina” al alcaloide concentrado en sus hojas.

Pueblos antiguos se daban el placer de aspirar humo y despedirlo por las fosas nasales. De ello hay indicios por las pipas halladas en sepulcros ubicados en Egipto y Grecia. El filósofo y matemático griego Pitágoras (582 a.C-507 a. C) conocedor de los efectos nocivos de los vicios decía: “No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma.”

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