viernes, 31 de octubre de 2014

Ciudadano ilustre




“Yo soy un ciudadano, no de Atenas o Grecia, sino del mundo.” (Sócrates)

A veces, sorprende cuando a alguien se le otorga el título de “ciudadano ilustre.” Que nada tiene que ver con el interés de un simpático lustra botas quien preguntaba con insistencia: “¡Ei! ¿Lustre señor?” Ese reconocimiento de algún modo refleja la personalidad del favorecido. Es una distinción que suscita disensos, según la escala de valores por la cual se rige. El emperador romano Marco Aurelio (121-180) aludía que “la vida de un hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella.”
El poeta ateniense Sófocles (496 a C- 406 a C) afirma: “el que es bueno en familia es también un buen ciudadano.” En una sociedad donde impera la igualdad ante la ley, quien goza de los reconocidos e inalienables derechos y deberes es considerado ciudadano. Por eso se siente obligado a cumplirlos y hacerlos cumplir.
Marco Tulio Cicerón (121 a C- 43 a C) abogado, orador y político latino, enseña que “el buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes”.
Hay habitantes anónimos con mente lúcida, según el escritor ruso Fiódor Dostoyevski, (1821-1881) para quienes “el secreto de la existencia humana no sólo está en vivir, sino también en saber para qué se vive.”

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