lunes, 27 de mayo de 2013

No quedó ni el loro.




Esta frase resalta quien  advierte  la ausencia de personas o de cosas en un determinado lugar. Es la evidencia de la desaparición de algo o de alguien.

El loro, como mascota doméstica,  denota su  presencia con sonidos guturales y repite algunas palabras con inalterable tono. Se  supone que provenía de la India y allí se lo consideraba  un ave sagrada.

El folklore y la imaginación   lo hacen protagonista  de jocosidades  e invenciones populares.

Al principio de la era cristiana, tanto en Grecia como en Roma, poseer un loro era un atributo de ostentación. Los romanos competían  entre sí por saber quien  tenía  el  más vistoso por su plumaje  o  el más ocurrente por  sus expresiones, lo cual generaba admiración y  sonrisas.

No hay datos de cuando  se  afincaron en  el continente  Americano. Estos ejemplares en nada tienen que envidiar  a sus congéneres de otras comarcas. 

Cuando un alejamiento  es notable, tanto aquí y como allende los mares, es significativa  la expresión: “no quedó ni el loro.”

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